Condor de los Andes

Es el rey de los Andes, pero su vuelo majestuoso se extiende también hasta las inmensidades de la costa patagónica. El cóndor, solitario planeador de impresionante envergadura, se puede avistar en muchos lugares de la Argentina, desde las cumbres del Noroeste hasta la meseta de Somuncurá: consejos de un experto para verlo, fotografiarlo y conocer de cerca la ceremonia de la suelta de cóndores.

Por Graciela Cutuli

En esta época del año, las mañanas son más luminosas que nunca en Traslasierra, el “lado B” de la provincia de Córdoba. Buena parte de los días, el sol brilla en un cielo inmaculadamente azul. Las flores y los arroyos son todo un espectáculo, pero no hay que olvidar levantar la vista: porque no es raro ver el baile majestuoso de una silueta oscura por encima de las cumbres. Si planea en solitario y se ven sus alas extendidas como si tuviera dedos abiertos en lugar de plumas, casi seguramente se trata de un cóndor. “Un condorito”, aclara Hernán Canuti, uno de los mayores expertos en estas aves en nuestro país, y nuestro guía en busca de los mejores lugares donde avistar al gran rey de los cielos argentinos.

Condoritos en Córdoba

¿Un condorito? Hernán explica que “en las sierras de Córdoba en realidad los cóndores son un poco más chicos, con unos veinte centímetros menos de envergadura en promedio. Se debe a que no se mueven tanto como los de otras regiones porque tienen comida ahí nomás, sin tener que buscarla por medio de grandes recorridas como en otras áreas más difíciles”. El Parque Nacional cordobés de hecho se llama así, Quebrada del Condorito, como indican los carteles que señalan sus límites rozando la ruta que cruza las Altas Cumbres. Este circuito es uno de los más lindos que se pueden hacer en el centro del país, pero si se quiere tener más éxito en el avistaje de cóndores hay que cruzar las montañas de mañana o de tarde, antes de comenzar la puesta de sol: es cuando se los ve más activos en el cielo, aprovechando las corrientes térmicas del aire para planear, con las plumas de las punta de las alas estiradas como para dejar una huella en el cielo.

La entrada al Parque Nacional de la Quebrada del Condorito se encuentra sobre el borde mismo del camino de las Altas Cumbres. No hace falta ir a lomo de burro, como en los tiempos del Cura Brochero, cuya figura bendice a los que cruzan el cordón montañoso. En el paraje La Pampilla se accede al parque y sus senderos, que ofrecen caminatas de distintos niveles de dificultad. Conviene tener una guía de aves en la mano, ya que se ven muchas especies: entre ellas también jotes, que muchas veces se confunden con los cóndores, aunque los diferencia la envergadura –no siempre fácil de distinguir a la distancia– y el color del plumaje. Este y otros detalles se pueden aprender en el kilómetro 69 del camino de las Altas Cumbres, donde se levanta el Centro Interpretativo de la Fundación Cóndor, una de las instituciones que impulsaron la creación del Parque Nacional, en 1995.

Hernán Canuti es una especie de Indiana Jones que cambió el lazo por un equipo fotográfico de última generación, con lentes que parecen telescopios. Hoy en día es uno de los mejores especialistas en cóndores, y probablemente el único fotógrafo profesional que se dedica exclusivamente a retratar estas aves. Y sin embargo, cuenta que esta pasión le llegó fortuitamente, durante una tarde en las sierras riojanas, después de muchos años de haberse dedicado a la exigente profesión de reportero gráfico. Estaba por entonces buscando un nuevo rumbo cuando sin querer se lo marcó un cóndor, que pasó por el campo de su lente cuando estaba fotografiando un incandescente sol de atardecer sobre las sierras.

“Todo empezó a raíz de esa foto. Ni sabía que era un cóndor. Cuando lo supe, luego de mostrar mi imagen a entendidos, busqué más fotos y me di cuenta de que había muy poco material sobre estas aves, y que en realidad se conocía muy poco sobre ellas. Así empezó todo. Esta primera sombra que pasó delante de mi sol poniente me llevó hasta los bancos de la UBA, donde seguí cursos como oyente y empecé a preparar salidas para sacar más fotos”, evoca. Aquello fue hace casi diez años. Diez años durante los cuales acumuló las fotos, las anécdotas, los conocimientos, publicó un libro con sus mejores fotos y participó en varias campañas de reintroducción de jóvenes ejemplares en la Patagonia.

Suelta en Río Negro

Uno de los escenarios más emblemáticos para los cóndores es la Sierra de Pailemán, un rincón de la meseta de Somuncurá que ocupa todo el centro de la provincia de Río Negro. Allí, algunas cumbres de roca tostadas por el sol y barridas por el viento sobresalen por encima de las inmensidades de la meseta. A simple vista parece un desierto total. Sin embargo, el día que nos encontramos con Hernán Canuti había toda una muchedumbre en torno de una casita de material precariamente construida. Decenas de autos y colectivos habían acudido, levantando polvaredas por las pistas y los senderos solitarios: algunos llegaban desde los pocos parajes habitados de la región; otros desde la lejana Viedma. Muchos alumnos de escuelas rurales del centro y de la costa de Río Negro también dijeron presente: en total, 1500 personas. A lo largo de toda la mañana, se fueron congregando en pequeños grupos que caminaron los últimos kilómetros hasta el pie de la pequeña montaña elegida como escenario para las ceremonias previas a la suelta de las aves.

Estas sueltas se realizan desde hace ya muchos años, una vez por año, en primavera. Se organizan en el marco de un programa conjunto del Zoológico de Buenos Aires, la Fundación Bioandina, las escuelas de la región, la Dirección de Fauna y la Secretaría de Medio Ambiente de la provincia de Río Negro. Hernán Canuti trabajó durante varios años como voluntario en este proyecto y por supuesto es el fotógrafo oficial de la ceremonia. Su voluminoso material en brazos y al hombro no le impide estar atento a cada paso de los preparativos, desde el ceremonial de los pueblos originarios hasta los discursos, para en algún momento subir los últimos kilómetros que separan el lugar de la reunión del refugio levantado justo frente a la puerta de la gran jaula donde esperan los jóvenes cóndores.

“Con estas sueltas –cuenta– se vuelve a introducir el ave en una región que habitó históricamente. Todos los exploradores de la Patagonia comentaron haberlo avistado sobre la costa y en las mesetas, y no únicamente en los Andes. Desde Darwin hasta el Perito Moreno y Guillermo Enrique Hudson. Los cóndores habitaban históricamente todas las regiones montañosas o de relieve de América del Sur. Se extinguieron en Venezuela y quedan apenas algunos individuos en Colombia y en Ecuador. De hecho, se estima que el 90 por ciento de la población de cóndores está concentrado entre la Argentina y Chile. Personalmente, creo que puede haber unas 5000 aves en todo el país. Pero también aquí perdieron muchos territorios con el avance de la actividad humana. Durante mucho tiempo se creyó que cazaban animales como gallinas y ovejas, y se los mató o envenenó. Ahora, hace tiempo sabemos que se nutren exclusivamente de carroñas muy descompuestas, y que no cazan siquiera: de hecho no tienen garras fuertes para capturar animales en vuelo. Por eso es tan exitoso un programa como el de la Sierra de Pailemán: la gente recibió con mucho entusiasmo la idea de reintroducirlo. Y hoy día es común ver alguno de muchos cóndores jóvenes que fueron soltados a lo largo de estos años sobrevolando la Meseta de Somuncurá”.

Mientras la ceremonia avanza, algunos chicos enfilan hacia la cresta de la montaña. En un rato harán la tradicional suelta de plumas, que precede a la apertura de la puerta de la jaula. La mayor parte de la gente está desde temprano por la mañana, y el sol del mediodía cocina más que calienta la roca y el suelo. Algunas nubes aparecen detrás de los cerros y serían bienvenidas si se decidieran a formar una pantalla frente al sol. En este paisaje inmutable, son el indicio de que hay algo que está siempre en movimiento: el aire. Gracias al relieve, al calor y a los contrastes de temperaturas entre la noche y el día, esta región tiene muchas corrientes de aire. Justo lo que buscan los cóndores, que no aletean sino que planean y necesitan estos “ascensores” térmicos para despegar, tomar vuelo o moverse por los aires. Por eso Pailemán es un lugar perfecto para llevar a cabo este proceso de reintroducción.

A lo largo de la cordillera

Cuando fue creado este proyecto, sus iniciadores recorrieron miles de kilómetros por el sur del país hasta dar con esta pequeña montaña en medio de la meseta. Primero se estudiaron los escritos de los naturalistas y de los exploradores. Luego se habló con los pobladores, que recordaban a su vez los recuerdos de sus antepasados… En el norte de Río Negro hacía ya más de 170 años que no se había visto una colonia estable de cóndores. Sin embargo, fue el lugar elegido luego de que alguien les dijera: “Para saber dónde hacer la suelta, pregúntele a Pailemán”. Aunque no sea sencillo: para llegar hasta este borde de la meseta de Somuncurá hay que recorrer 250 kilómetros de ruta y camino de ripio desde Viedma. Toda una expedición, en la cual es mejor contar con un buen mapa o alguien que conozca bien las sendas en el monte.

Para quienes no se animan al desierto, Hernán Canuti revela algunos de sus apostaderos preferidos, a lo largo de la cordillera.

Años de andanzas en busca de las mejores fotos le permitieron conocer lugares de fácil acceso desde donde se puede tener un encuentro bastante certero con estos reyes de las montañas.

Un buen punto de partida es Bariloche, para poner en práctica los consejos ya esta misma temporada. En Cuyin Manzano, en la confluencia de los ríos Traful y Limay, pasando la dependencia del ACA, se dobla a la derecha y se llega a un puente. Hernán asegura que desde ahí mismo, sin alejarse más del auto, se ven muchos cóndores cada tarde de verano a eso de las cinco. No vuelan a más de un centenar de metros de altura (aunque cuando pueden alcanzan hasta 9000 metros). Otro lugar: sobre el Circuito Grande, en la picada de los Palotinos, sobre el brazo Tristeza del lago, se deja el auto en el hotel que hay allí y se camina una media hora. Al atardecer se ven pasar varios cóndores, como si siguiesen una pista o un camino de aire señalizado especialmente para ellos. Y como se llega hasta un promontorio, se los puede ver desde la misma altura a la que vuelan, e incluso desde arriba si vuelan bajo: es una perspectiva ideal para apreciar el plumaje blanco de sus espaldas. El Tronador es otro lugar recomendado por Canuti para hacer observaciones en la zona de Bariloche.

Mientras tanto, en Chubut menciona la estación de Leleque, que está por debajo de otro “corredor” para los cóndores. En Santa Cruz, los alrededores de lagos como el Buenos Aires y el Fontana son buenos apostaderos, sobre todo de pichones que aprenden a volar con la ayuda de aves de más edad. Y no se puede hablar de cóndores sin pensar en los Andes del Noroeste y sus culturas originarias, cuyos representantes participan en las ceremonias de Pailemán cada año. Nuestro experto recomienda especialmente la región de Tolombón, en el límite entre Salta y Catamarca, para avistar en un entorno excepcional importantes poblaciones de cóndores. En Mendoza, su consejo es para San Rafael y el Cañón del Atuel, una región muy turística, pero donde también se pueden ver con certeza parejas de cóndores por la mañana y al atardecer. El momento ideal para meditar una de las frases que nos dijera Hernán, justo antes de subir a su escondite para sacar fotos de la suelta en Pailemán: “Para los pueblos originarios, el cóndor es el que eleva el alma del hombre. Hay que rezarle al cóndor, que a su vez lo transmite a los dioses”. Su primera foto, la que le cambió la vida, parece confirmarlo. El ave vuela majestuosamente hacia el sol, como llevándole las plegarias que cosechó en su vuelo por encima de las tierras y los hombres.

Fuente: www.pagina12.com.ar